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Te contamos La Leyenda del Supay

Te contamos La Leyenda del Supay

Seguimos con las leyendas y mitos de nuestra tierra, una manera de poder conocerlas y aprovechar para leer en esta cuarentena.

El mal y su personificación suprema, el Diablo, también son protagonistas de muchas historias y supersticiones populares.
El diablo santiagueño es Súpay, que puede adoptar muchas formas o aspectos: desde el Duende Sombrerudo de las siestas infantiles, al joven bello y rico de las jóvenes casaderas, pasando por el famoso “huaira muñoj”, turbulento remolino del Malo.
Su hábitat natural es el monte, y allí se encuentra su mas pavorosa corporización: el Toro Súpay. Así como los europeos visualizaron al diablo como un macho cabrio, la imaginación santiagueña lo ve como un toro negro, de grandes fauces salvajes, gruesos dientes y ojos que estallan en mil chispas de fuego. La mayoría de la gente de nuestra campaña no lo ha visto, pero en la quietud de la noche sin luna, dicen haber oído el resonar vibrante de sus pezuñas y el bufido tenebroso de sus fauces sedientas de sangre. Porque el Toro Súpay es bravo, feroz y maligno.
Guay del paisano desprevenido que quiera hacerle frente! Mucho mas cuerdo es quedarse en casa. Allí, en el altar domestico, generoso en santos, vírgenes y mártires, encontrara el seguro refugio de la cruz. Ingenuo, pero seguro exorcismo contra cualquier mal.

Es creencia popular que el Toro Súpay anda cuando ha pactado con algún campesino del lugar. El desdichado, llevado por la avaricia, accede a darle su alma y su cuerpo, a cambio de nutrida hacienda y pródigas cosechas. Este secreto a voces se evidencia a la muerte del avaro: no solo desaparece su cuerpo de la sepultura, sino también toda la hacienda mal habida.
Las abuelas de las niñas casaderas nunca dejan de recordarle los males que Súpay les puede acarrear: les cuentan que hace mucho tiempo, un joven y enamorado matrimonio vivia en el monte. Era tan tierna y dulce la esposa como trabajador y afectuoso su hombre. Un día al ver Súpay la belleza de la mujer, la deseo para si. Entonces, transformado en un hermoso mancebo tocado de rica vestimenta, costoso apero y bello caballo negro llegó hasta ella.
La donosa al ver tan hermosa aparición quedo prendada de su belleza, aunque cierta chispa maligna que traía en sus ojos, le hizo presagiar algo malo. Súpay le dio una cita: esa misma noche una ave nocturna la guiaría hacia él. La pobre mujer, embelesada ante la perspectiva de estar entre sus brazos, acudió presta. Antes de partir Súpay le dijo que irían a un lugar donde solo hallarían placer, pero que antes debía dejar sus bello ojos en una ollita mágica. No debía preocuparse (le dijo), al volver los hallaría mas negros y brillantes. Y así, con la cuenca de los ojos totalmente vacía, ella lo siguió.
A la mitad de la noche el marido despertó y al no encontrar a su compañera salió a buscarla al monte, temiendo lo peor. Andando, andando encontró la ollita mágica, y en ella los ojos que tanto amaba. Seguro ya de que la habían muerto fue hasta su casa, para esperar el día y salir en busca del malhechor.
Antes del amanecer regreso Súpay con la mujer, pero al no encontrar los ojos de la bella, huyo cobardemente. La muchacha, ciega como estaba, anduvo a tientas por el monte hasta que los primeros rayos del sol le dieron muerte. Unos obrajeros que iban a trabajar encontraron su cuerpo.
El marido triste y dolorido, no tuvo paz sino hasta su muerte, pues al llegar el día y mirar los ojos de quien tanto amaba pudo ver el frenesí de locura y placer a que se había prestado quien fuera dueña de su alma.
Nadie se salva de Súpay, ni siquiera los niños. A los changuitos que no duermen la siesta y prefieren salir a “hondiar” o cazar pajaritos, el Duende los espanta y les pega con su mano de plomo. Algunos lo llaman Ckaparilo (en quichua, gritón) , pues imita perfectamente a todos los animales silvestres, aunque no se lo pueda ver.
El duende o Petiso suele ser muy “chinitero”. Le gusta merodear a las jóvenes, obsequiándoles dulces a cambio de sus favores.
Súpay y sus adeptos viven en la Salamanca.

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