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El Parque Nacional Copo una reserva natural en nuestra Provincia

El Parque Nacional Copo una reserva natural en nuestra Provincia

Queda justo al límite con Chaco . Rico en aves, arbustos y quebrachos, tiene al oso hormiguero y al chancho quimilero como protagonistas. Sólo apto para aventureros, no tiene cursos de agua propios y no se puede transitar con vehículos, sino por senderos.

Es como un anciano», asegura el guardaparques José Luis Baecke mientras desandamos el sendero entre quebrachos, mistoles y algarrobos. «Árboles rugosos, arbustos petisos, especies encogidas. Es un monte seco y añoso», agrega mientras el Parque Nacional Copo se deja explorar, a 45 km del centro de Pampa de los Guanacos, en el vértice este de la provincia de Santiago del Estero, al límite con Chaco.

Copo está en plena puesta a punto para volver a recibir turistas. «La idea es que abra en marzo, con sanitarios y un área de camping. Ojalá lleguemos», señala el actual Intendente. Apunta sobre el parque que fue creado en el año 2000.

Ya en zona, Baecke señala el cartel de entrada con un dibujo del chancho quimilero, que es grande y tiene un collar blanco. «La ecorregión se denomina Chaco semiárido o seco porque netamente árido es el desierto de Atacama», explica. Dejamos la camioneta -no hay caminos para vehículo- y nos largamos a caminar. Son cerca de las diez de la mañana, pero el sol pega como si fuera la una del mediodía. No hay señal de teléfono y un sendero de 1.400 metros se abre a nuestro paso. «Si hubiéramos llegado a las siete de la mañana tendríamos más chances de ver animales», se lamenta el guardaparque y señala que incluso una vez que se reinaugure, sólo será recomendable ir después de avisar en las oficinas del parque y con un vehículo acorde, porque el camino no siempre está transitable.

Baecke, que nació en Misiones y trabaja en el parque hace siete meses, sabe de desarraigo. Su esposa suiza se volvió a su país junto sus hijos por unos años. De modo que su vida está consagrada al parque. «Pampa de los Guanacos se inundó por primera y única vez en marzo de 2019. Fue por la tala indiscriminada. Al tumbar los montes empiezan las inundaciones. Es que los árboles, con sus raíces, son esponjas cuando llueve mucho», señala con una indignación más pacífica que confrontativa.

El sendero se hace angosto entre las distintas variedades de mistol, que llevan el nombre de melón, sandía, membrillo o pera, según el parecido del pequeño fruto que asoma en las ramas. Baecke toma uno del árbol y nos convida la versión muestra gratis, que tiene un dejo de gusto similar a melón o sandía. Son arbustos que alcanzan los dos metros de alto, como mucho, y se hacen notar en el monte.

La única palmera es la carandilla y tiene espinas, como la mayoría de las plantas de este parque tan hostil, que está siempre a la defensiva. El quebracho blanco -de corteza rugosa- se distingue del colorado, que es el más requerido por su madera maciza. Y Baecke nos muestra cómo los troncos pueden servir de GPS si nos perdemos. «Del lado del poniente crece el musgo y los líquenes. Del naciente, está seco», apunta.

Después de media hora de caminata, el sendero nos deja en una zona de pastizales dorados, arbustos bajos y alguna que otra margarita. La tierra se percibe más arenosa y todo tiene una explicación paleozoica. «Estos eran los antiguos causes del río Salado», señala Baecke. Habla, nada más y nada menos, que de lo que pasaba en estas tierras hace 4 millones de años.

Sólo un sombrero nos permite seguir avanzando cuando las copas más altas quedaron atrás y los pájaros se conforman con hacer sus nidos en árboles más chicos. «Reina mora, Cuclillo, Mosquetita.», enumera nuestro guía mientras hacemos silencio. Y de los tatúes carreta, matacos, osos hormigueros y chanchos, como el del logo, sólo encontramos alguna que otra huella.

FUENTE. DIARIO LA NACION

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